Pyhare Tekoha Guasupe

El siguiente audio lo grabé en una noche de octubre, junto a un charquito de lluvia en la Estación Kangüery.  Mi intención al publicarlo aquí, es que sea el marco sonoro de este post.



Traía conmigo el gran angular. Había soñado con ese lente y leído todo lo que había encontrado sobre él. Por eso, tres días antes de instalarnos en San Rafael, confiado en el presupuesto asignado para trabajar en la reserva, ya sin pensar entré a un local de fotografía de Ciudad del Este y lo compré. –Con esto voy a sacar el cielo, la vía láctea sobre el bosque y sobre el pastizal… . Voy a meter en una foto todo aquello que veo, y aún lo que no veo para verlo después, y para llevar virtualmente a todas aquellas personas que quiero, conmigo a través de una imagen.   Completamente negra salió la primera toma bajo aquel cielo estrellado en la Estación Kanguery. -¡Que pucha! ¿Que pasa?. Marcio se rió. – Será que você tem que aumentar o ISO?.   Así de ansioso y burro puedo ser a veces. Pero luego de concluida la exposición, la risa fue compartida, mirando la pantallita.

La "cabaña de los biólogos" en la Estación Kanguery

El “Camino del Tapir” brilla sobre la “Cabaña de los Biólogos“, nuestro hogar en San Rafael durante la primavera 2018

La contaminación lumínica de las ciudades limita y hasta anula la posibilidad de ver lo que está encima nuestro. Cuando me mudé, hace mucho tiempo, primero a una carpa y luego al que fue mi rancho en las afueras de Santa Lucía (Uruguay), muchas noches me acostaba en el pasto mirando el cielo maravillado, a pesar del agotamiento del trabajo rural y del frío. Durante los 10 años que allí viví, vi como el avance urbanístico iba ensuciando el espectáculo que disfrutaba tanto. Percibiendo aquello y todo lo que perturbaba la paz de mi ostracismo, tomé dimensión de como la ciudad atrofia nuestros sentidos.     Esta vez en la Estación, a más o menos 40 km de una pequeña planta urbana, el obturador abierto por 25 segundos evidenciaba la presencia de la civilización de la que provengo, manchando el firmamento de los guaraníes.   Aún así, cuán mágicos se siguen viendo los astros sobre la gran morada, Tekoha Guasu.

San Rafael / Tekoha Guasu

El patio de la Estación y sus árboles de naranja agria o apepu hai

Tenía el privilegio de una larga estadía en uno de los sitios más biodiversos del Paraguay a cambio de registrar algunas actividades llevadas a cabo como estrategia de conservación, y a la vida silvestre que en aquella porción de Bosque Atlántico del Alto Paraná pudiera retratar.

San Rafael / Tekoha Guasu

San Rafael es la reserva con mayor cantidad de especies de aves en el país, y la primera en haber sido declara de importancia para las mismas. Muchas de ellas son activas durante el crepúsculo y la noche, así que armados con dos reflectores que conseguimos en una ferretería en Encarnación, tratamos de fotografiar a algunas de ellas.

La primera captura que les presento tiene todo el mérito de Daniel Espínola, experimentado guardaparque y bombero forestal, por haber visto cruzar al ave delante de la camioneta en la oscuridad de la picada, mientras volvíamos de visitar a productores de yerba mate bajo monte. Nos bajamos buscando el punto del que provenía su vocalización.  No era fácil porque el bosque es alto y enmarañado, pero de repente Daniel, que recorría rama por rama con la linterna, dio con ella. Esperé a que nos mirara y disparé sin flash, con el lente apuntando hacia el dosel.  A la mañana siguiente, Marcialito me avisó que se trataba de la lechuza del cartel que publiqué más arriba.

Pulsatrix koeniswaldiana

Lechuzón Mocho Chico, Ukurre’a mini (Pulsatrix koeniswaldiana)

¡Iupi! Un estrigiforme que no esperaba ver.  Hay verdaderos expertos lechuceros, que las procuran, encuentran y fotografían en diversos sitios. Yo no soy uno de ellos, pero tengo esperanza de serlo en el futuro, porque me encantan las rapaces nocturnas, averiguar de que se alimentan observando sus egagrópilas y todo lo que tenga que ver con su comportamiento.

Los caprimúlgidos son aquellas aves que llamamos atajacaminos, dormilones, chotacabras y que tienen un sinfín de nombres indígenas entre los que solo recuerdo yvyja’u, en guaraní.   Esta familia se distribuye en todo el mundo, a excepción de los polos.  En Sudamérica ocurren muchas especies, clasificadas en diversos géneros.  Durante el día descansan confiados en su plumaje críptico, unas en pastizales y otras en la espesura del bosque. Algunas lo hacen en ramas pero la mayoría directamente en el suelo, que es donde también nidifican. Ésto lo hacen de manera muy rudimentaria, aprovechando alguna depresión en la que depositar los huevos.  Al atardecer se activan y sobrevuelan los espacios abiertos cazando insectos grandes, entre los que destacan las mariposas nocturnas. Su pico es corto, pero muy ancho, lo que se percibe más claramente cuando lo abren.  En San Rafael existen varios distintos, algunos comunes en el sur de Paraguay e incluso con distribuciones mayores.     Ni bien el sol se ponía, escuchábamos la facilmente identificable voz de uno de ellos, conocido como Curiango. Entonces salíamos a buscarlo.  Pero es muy astuto, y aunque no cuesta nada verlo en el camino despejado, aproximarse lo suficiente para fotografiarlo es un desafío. Eso significó decenas de fotos donde se ve una mancha con un puntito rojo en el lugar del ojo del ave.  Pero una noche en que volvíamos de buscar bichos en el pastizal, un Curiango bajó a unos 20 metros de nosotros.  Marcialito lo enfocó con el reflector y le pedí que no lo moviera, mientras yo me arrastraba cuerpo a tierra para aproximarme cuanto pudiera.   Cada dos o tres movimientos tiraba una foto y miraba. No me convencía y seguía reptando fuera del halo del luz para no proyectar sombra, tratando de que mi presencia fuera lo menos perceptible posible.  Por fin llegué a dos metros del ave y logré la siguiente imagen.  ¡Justo a tiempo!, porque después del click, voló y desapareció de nuestra vista.

Nyctidromus albicollis

Curiango, Luirivevu (Nyctidromus albicollis)

Unos cuantos días después, la luz de la camioneta, esta vez conducida por Guille Cristaldo, lo encandiló y lo volvimos a fotografiar de al lado.  Incluso Marcio lo filmó y está incluido en nuestro video “Pastizales y Esteros de San Rafael“.

Más grande que el anterior y mucho más probable de ver durante el día es el siguiente.   Varias veces visitamos un tajamar en un campo vecino a la Estación, para filmar aves acuáticas.  Pero la sorpresa fue encontrarnos con que entre los pastos cercanos al agua dormitaban unos cuantos Ñacundás, especie que obviamente también pasó a formar parte del video.

Chordeiles nacunda

Este Ñacundá (Chordeiles nacunda) se percata de que nos acercamos y nos observa intranquilo pero sin moverse

Si nadie los molesta, no solo nosotros sino zorros, hurones o cualquier otro bicho capaz de atacarlos, allí se quedan hasta las últimas horas de luz solar, y entonces emprenden vuelo.  Los vimos describir círculos en el aire, incluso a  un metro del suelo, vocalizando en grupo y dándonos un espectáculo memorable, que disfruté desde mi hamaca.

detalles del mismo individuo en vuelo

Así como el Curiango, el Ñacundá y tantos otros saben pasar desapercibidos, hay seres que consiguen, en ciertas condiciones de luz, parecer lo que no son.

Automeris naranja

El reflejo de esos ojazos de búho puede confundir a cualquiera, pero apenas son ocelos en las alas de un inofensivo lepidóptero de la familia Saturniidae, una polilla.    Grande sí, pero polilla al fin.

Automeris naranja

Sus impresionantes trucos de emular una hoja y en otro momento desplegar sus alas para proyectar una falsa mirada penetrante, no la salvan de ser ingerida por el siguiente y último bicho, mágico como pocos, de este relato.

Por enésima vez volvíamos a la Estación desde el guahoty, o juncal, donde intentábamos repetidamente filmar a la bandada de Dragones que sabíamos que allí se alimentaban.  No me refiero con este nombre a un grupo de animales mitológicos parecidos a un reptil y que pueden escupir fuego, sino a un ictérido que en Argentina llaman Tordo Amarillo y en Paraguay Chopĩ sa’yju.  Lo habíamos logrado un par de veces, pero desde muy lejos y lo teníamos como una prioridad por ser una especie con estatus de vulnerable en cuanto a su conservación.  La frustración se terminaría al día siguiente, como premio a la tenacidad, pero esa es otra historia.  La cuestión es que viajaba en la caja de la camioneta que avanzaba por el camino de tierra colorada, mientras observaba la noche ya cerrada sobre el pastizal y me sentía parte de un dream team trilingüe sudamericano, que completaba junto a Márcio Rafael, Mily Corleone y Guille Cristaldo que iban adentro. Esa idea que me hacía sonreír, no la adjudico a que fuéramos mejores o peores que nadie, pero estábamos ahí hacía cuarenta días, funcionando en bloque, aportando desde la capacidad de cada uno, trabajando como un equipo sólido, dispuesto a dar batalla para conseguir los objetivos planificados.   De pronto, lo que me pareció un dormilón más, se nos atravesó.  Pero el ave voló y perchó sobre una rama seca a pocos metros del arroyo que da nombre al paraje.  La camioneta se detuvo y Marcialito bajó.  Le pregunté – ¿Qué pasó?, a lo que respondió – Ele disse guaimingüe.  Ese es uno de los nombres guaraníes para el Urutaú, así que nos bajamos, reflector y cámara en mano, para finalmente sacar de noche, sin flash y con los ojos abiertos a una de las aves más maravillosas y cargadas de misticismo que podríamos encontrar.

Nyctibius griseus

Urutaú, Nictibio, Guaimingüe, Kakuy, Mãe-da-lua, y un larguísimo etc. (Nyctibius griseus)

Con este protagonista de incontables leyendas y versos, concluyo la historia.  Quizás ahora esté capacitado para obtener mejores resultados con la misma cámara y lentes, lo que es bueno porque significa que mi curva de aprendizaje va en aumento. Pero las experiencias vividas bajo el sol, las estrellas y la lluvia del Bosque Atlántico están guardadas en éstas y otras imágenes de la primavera austral de 2018.   Verlas nuevamente, aunque puedan ser usadas para cualquier otra cosa, no significa mirar fotos de bichos o paisajes para mí, sino volver por un instante al contexto donde las tomé, a lo que experimenté con los cinco sentidos, y eso sólo es posible porque estaba ahí.

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11 comentarios en “Pyhare Tekoha Guasupe

  1. Que maravilla, Guille! Dan ganas de volver al Tekoha Guasu para más aventuras del dream team 🙂
    Me encantó el ñacundá en vuelo, impresionante!
    Nunca me voy a olvidar de las noches en el bosque ni de la luna llena en la ventana.

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