Cerro del Indio Dormido

Los Balletbó, padre e hijo, me devolvieron la moto lista para seguir, ajustando el presupuesto al mínimo y, cuando agradecí el favor, Dani dijo: – Tranquilo amigo, sabemos lo que andas buscando. Esa misma tarde la volvería a hacer correr sobre el asfalto, esta vez rumbo al Indio Dormido.

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Salí de Encarnación por la ruta 6, o ruta sexta como ellos dicen, hasta la entrada de Nueva Alborada. En el camino volví a ver un Aguará Popé atropellado. Pasé por delante de la casita donde funciona la radio local y me recibió un arco, bajo el cual pasé, donde se leía la inscripción: Bienvenido a la Ciudad de la Miel y el Turismo de Naturaleza. Nueva Alborada está iniciándose en esta última actividad. Todo es nuevo y la infraestructura es escasa. Llegué en plena cosecha de trigo y en los campos brillaba, iluminado por el atardecer, el rastrojo. También abundaban maizales nuevos, de pequeños agricultores, horticultura y animales de granja por donde mirara. Había arrancado tarde, confiado en que era cerca y la oscuridad me agarró aún manejando. Eso no habría sido nada grave si con ella no hubiera llegado la tormenta eléctrica. Antes de que empezara a llover, paré en la puerta de un pequeño comercio, donde vi algunas personas reunidas y pregunté donde podría pasar la noche. Un galpón, un establo o un granero me hubieran venido bien. No había alojamiento, al menos no disponible, por lo qué un señor con aspecto de manso granjero me sugirió que me quedara en la comisaría. Antes de que pudiera decirle que no estaba muy seguro de querer hacer eso, teléfono en mano se comunicaba con el subcomisario para avisarle de mi presencia en el pago. Ya estaba el asunto liquidado. Di vuelta y me dirigí a donde me habían indicado. Me recibió el joven oficial de guardia y, muy interesado en mi travesía, se puso a tomar mate conmigo. Calculé que hacía unos 17 años que no pernoctaba en un recinto policial y ésta era la primera vez que lo hacía por las buenas. Con la moto y el equipaje bajo techo, dormí como un angelito en la cama que me ofreció mi nuevo amigo. Antes de que saliera el sol ya estaba despierto y al poco rato se presentó el subcomisario Irala. Con el amanecer salí a mirar las aves que escuchaba cantar en el patio y en el campo del vecino lindero. Sentía como me observaban los ojos curiosos del representante de la autoridad a mis espaldas, entonces me di vuelta y le dije señalando a un hornero (o alonsito como se le llama en Paraguay): + Que maravilloso es que un ave tan pequeña cante tan fuerte, ¿no le parece?. – Así mismo , respondió. – Y ¿cómo se llama aquel? + Ese es un cabecitanegra. – ¿Y aquel grande que vuela allá? + Esa es una bandurria mora y el que pasó planeando es un ñacundá y ya se va a dormir también, porque caza insectos desde el atardecer hasta que amanece. – Que interesante. ¿Y no va a desayunar nada usted? Hay platos y lo que precise en la cocina.  Luego de comer, hacernos mutuamente muchas preguntas y convenir en que Suárez y Cavani forman una de las mejores delanteras del mundo, me despedí agradeciendo la hospitalidad y me dirigí a la entrada del Circuito Indio Dormido por el camino de tierra y piedras sueltas que comienza abruptamente una vez que el asfalto se termina. Allí, un adolescente nacido en Puerto Cantera, que me contó que se había formado como guía de naturaleza en un programa de Itaipú, me ayudó con los bolsos hasta la cima del cerro mientas que la moto se quedaba al pie. Juntos hicimos un recorrido por las fisuras en la piedra mientras que aprovechaba para empezar a desasnarme de mi terrible pronunciación del guaraní y para aprender la forma local de llamar a algunas plantas y animales. Las vistas del Paraná y de sus afluentes desde el cerro están entre las más hermosas que vi de este poderoso río.

Vista del Paraná, frente a San Ignacio Miní (Misiones, Ar), desde el Indio Dormido

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Como en toda la superficie de selva paranaense remanente, aquella que se salvó de la inundación producto del embalse de la represa de Itaipú, el mayor peligro para la conservación de la biodiversidad en la región, es la agricultura mecanizada. Más adelante en el viaje tendría más argumentos para afirmarlo, manejando la moto por horas entre interminables campos de soja, atravesando departamentos.  El hecho de que pequeños propietarios estén intentando aprovechar como recurso económico el valor paisajístico, histórico o de aventura de su lugar, me parece una excelente opción. Pero no es todo así nomas. La diversidad del Indio Dormido y el Puerto Cantera corre riesgo de ser modificada en los próximos años, principalmente por el desconocimiento o el desinterés de los inversores en la conservación del monte. Por ejemplo, el área donde acampé estaba recién forestada con pinos aun teniendo la posibilidad de hacerlo con diversas plantas nativas que abundan en la región. Entiendo que con algunas especies exóticas, el propietario, llegará  más rápido a su objetivo de producir sombra para sus clientes, pero, al hacerlo de esta manera, irá empobreciendo su propio patrimonio natural. En el Indio Dormido crecen plantas nativas productoras de variadas frutas, pero creo que a casi nadie le interesa por el momento. Me da la sensación de que, dentro de algunos años, ese potencial alimentario y medicinal será valorado de otra forma, o, por lo menos, eso es lo que desearía y lo pensé mientras comía unas cuantas frutas de un Ubajay  que debió haber estado cargadísimo por las muchas que, en descomposición, volvían a ser parte del suelo.

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Hexachlamys edulis – Ubajay Guasú

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También había pitangas o ñangapirí, los arazá estaban flor y  como en casi todo el territorio guaraní, el Apepu hái o naranjo agrio crecía asilvestrado.

Camino a Puerto Cantera

Dejé los bolsos entre los árboles y nos dirigimos a Puerto Cantera. Se trata una pequeña población desde la que se puede cruzar en bote a territorio argentino. Las páginas que promocionan o comentan actividades en este lugar normalmente citan al llamado Árbol Abuelo, por lo que le pregunté a mi joven guía si sabía en dónde se encontraba. Hasta él me llevó, sorprendiéndome al ver que el famoso espécimen era un eucalipto viejo. Resulta ser que es uno de los tres primeros que llegaron a principio del siglo 20 desde el departamento de Guairá. Le comenté que en mi país abundan ejemplares como éste, incluso dentro de algunos barrios de la capital y que me llamaban muchísimo más la atención cualquiera de las plantas nativas que crecían en sus alrededores y toda la vida que sobre ellas se desarrollaba.

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No dije palabras como esas para hacerme el personaje, ni mucho menos; el muchacho me estaba aportando valiosa información y, definitivamente, disfruté de su compañía y conversación. Lo que sucede es que, me parece que para terminar de convertir esta zona en un lugar de eco-turismo y conservación, es importante darle el valor que tiene a la naturaleza nativa y prepararse para turistas que van a querer saber datos históricos, nombres de aves, de plantas, de reptiles, de insectos y de lo que se les ocurra. Tampoco sobre la historia de los túneles jesuitas en la región pude averiguar mucho sin buscar en internet. Días después, en las ruinas, escucharía con gran interés la historia oficial pero pasarían un par de meses para que empezara a interiorizarme en versiones alternativas, por cierto muy interesantes, provenientes de un estudioso de los túneles, cuevas y de la rabdomancia, ya durante el tiempo que pasé en el departamento de Cordillera. Fue, así mismo, el señor Pasternak quien más me contó y explicó sobre minerales, aunque también en cuanto a las piedras sobre las cuales caminé, trepé y me deslicé, me ayudó la página Geología del ParaguayDSCN7419 (2).JPGDSCN7248 (2).JPGDSCN7249 (2).JPGDSCN7381 (2).JPGDSCN7385 (2).JPGDSCN7412 (2).JPGEn Puerto Cantera hay otro árbol famoso, que llaman Árbol del Amor, pero no sé de qué especie se trata. Un tiempo después de mi visita al Indio Dormido, supe que se inauguraron durante la Fiesta de la Miel de Nueva Alborada, con el nombre de Complejo Museo del Árbol, las 50 hectáreas adyacentes al mismo y que ahora se organizan paseos temáticos.

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Árbol del Amor, Puerto Cantera, Itapúa

Agradecido con el joven, volví al cerro a armar campamento. Antes de irme le tomé una foto a una panambí que libaba las sales de la transpiración en su brazo. Creo que me va a hacer falta viajar mucho para conocer lugares donde observar mariposas con la facilidad que el área de influencia del Paraná permite.DSCN7321 (2).JPG

Con todo listo para pasar la noche en el cerro, volví hasta Nueva Alborada por algunas provisiones para cocinar y por unos puros hechos a mano muy comunes en la región y que, además de gustarme por su sabor, son muy buenos espantando mosquitos. Conversé con varias personas, tanto en la pequeña planta urbana como en sus alrededores, y el denominador común en sus preguntas tuvo que ver con cómo era que no sentía miedo acampando solo. Como todos estuvieron de acuerdo cuando les decía que estaba en un lugar tranquilo donde sólo habita gente buena y trabajadora, empecé a entender que el posible miedo estaba relacionado a otros seres que, ni son humanos, ni están en ninguna clasificación científica. Si bien casi siempre soy escéptico, tampoco soy irrespetuoso de las creencias de los demás, así que me limité a escuchar. El resto de la tarde lo pasé recorriendo los senderos y observando lagartijas ( tejú lelé ) y aves.DSCN7357 (2).JPGDSCN7364 (2).JPGEn un hueco entre las piedras me encontré con una hembra de yrybú o cuervo americano negro, incubando sus huevos. Cuando me vio, voló hasta la copa de un árbol junto con su pareja. Ni bien me retiré unos metros volvió a su posición y ya no volví a molestar.

DSCN7401 (2).JPGA la noche, ya en el carpa, empecé a sentir leves efectos de la sugestión a la que me expuse conversando sobre hechos sobrenaturales con alguna gente local. Eso es muy raro, porque estoy acostumbrado a acampar solo en lugares aislados y nunca me pasa algo así. Por el contrario, siempre me siento amigo de todas las criaturas que me rodean, las pueda ver o no. Pero en seguida se me ocurrió un truco para terminar con esa sensación. En el teléfono llevaba varios mensajes de audio de personas que me dan ánimo o me mandan abrazos. Uno tras otro los escuché y me sentí, de nuevo, con la misma tranquilidad emocional que siento siempre, acampado en la naturaleza. Quizás sea irónico pero, esta vez, me apoyé en la tecnología para tener cerca a mis amigos. Al rato, cuando ya pensaba en cualquier otra cosa, el viento cambió de dirección y hasta mis oídos llegó la voz de Cyndi Lauper que proclamaba a los gritos que las chicas solo quieren divertirse. Me dormí pensando que, o bien no estaba tan lejos ni tan solo, o a Teyú YaguaMbói Tui, Moñai, Jasy Jateré, Kurupí, Ao Ao y  Luisón, los sietemesinos hijos de Taú y Keraná, quizás les gustase amenizar sus fiestas con el pop norteamericano de los `80s. A la mañana siguiente me levanté temprano y luego del mate me arrimé hasta la municipalidad de Nueva Alborada para ver si me permitían usar su wifi.  Fue mucho mejor que eso ya que, además, conversé con varios funcionarios que terminaron por regalarme unas pulseritas que me acompañaron en la mochila por meses. Seguí mi viaje rumbo a Trinidad, con el deseo de que cuando vuelva al Indio Dormido se hayan podido conservar sus ecosistemas y que las actividades turísticas que allí se desarrollen sean sustentables para el ambiente y para la población.20170307_183819.jpg

3 comentarios en “Cerro del Indio Dormido

  1. Nunca te sentiste más a gusto de escuchar cyndi lauper jajajaj. Aparte de ese divertido anécdota, encantadisima como siempre de leerte. Un placer cada párrafo me transportaba al momento y lugar!! gracias y a seguir que por acá queremos leer estamos entusiasmadas.

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