Potreros de Arerunguá

Antes de salir de viaje, le comenté a algunas personas que, entre otros lugares, pensaba acampar en el arroyo Arerunguá, si es que eso era posible. Algunos me preguntaron – ¿A dónde?. Otros, según su interés o formación en diferentes temas, afirmaron: – Arerunguá, donde vivió Artigas cuando muchacho, de lo que se sabe poco aparte de que, probablemente, allí engendró a su primer hijo, el Caciquillo. También escuché: – Ése fue uno de los últimos parajes donde se asentaron los charrúas hasta poco antes de la matanza de Salsipuedes. Pero sólo mi compañera, que me conoce, quizás, mejor que yo mismo, supo enseguida cuál era mi intención en esos potreros: – Vas a tratar de ver a los venados de campo. Y, tratar, era la palabra justa, porque no sabía cual era la posibilidad real de avistarlos. Por otro lado, si bien, ese viejito con mirada profunda y tranquila, representado en un busto de bronce en el patio de cada escuela del Uruguay, me cae bastante bien, por sus ideas de igualdad de oportunidades respetando todas las diferencias de identidad y determinación humanas y su valoración de una libertad individual sin fronteras, la posibilidad de encontrarlo, cara a cara, así sea en Arerunguá, el Hervidero o mismo en Paraguay, es nula. Algo similar ocurre con los pueblos originarios de la Banda Oriental, exterminados como cultura, por la misma gente que justificó el exilio de Artigas, aunque sus herederos reivindiquen la imagen de ambos, en una forma prostituída, de acuerdo a los intereses del momento.

Desde Tacuarembó tomé la ruta 31, en dirección a Salto. ¡Qué paisajes se ven ni bien uno hace unos pocos km! Subida y bajada, curva y contracurva, otro cerro, otro bañado y una vista aún mejor que la anterior. Y aves, muchas aves. En cada espejo de agua, había garzas, chajás, jacanas, el tero real a quien aún no logro fotografiar de cerca, patos de varias especies y, en el pastizal, sus verdaderos amos, aquellos a los que los criollos llaman avestruces, ñandú guasú los guaraníes y la ciencia, Rhea americana.



Cada poco me detenía a disfrutar de lo que veía. Larguísimos cercos y mangas de piedras, (¿a que desdichados les tocó acarrearlas y apilarlas de esa manera?), cactus, opuntias llenas de frutos, gruesos talas, antiguas taperas destruidas junto a islas de monte nativo mezclado con algunos árboles exóticos. Los picaflores visitaban, una a una, cada flor de las que sobresalían en los lugares donde el ganado bovino y las muchas ovejas paridas, no tenían acceso.

Dejé la moto parada en el pasto y me fui a explorar una vieja edificación de piedra abandonada. Antes de llegar ya escuchaba a los músicos formando un coro de muchas voces y, de pronto, una manchita colorada pasó delante de mis ojos. – ¿Será que ya llegó el pajarito primavera? Y así era. Un casal de Churrinches volaban y se posaban, como en un juego feliz y sencillo, haciéndome sentir, también, de esa manera. Otras pequeñas aves, que residen todo el año y jamás migran, se dejaban ver entre las hojas.churrinche-1

Como se estaba haciendo tarde y armar campamento es mejor con la luz del día, volví a la moto para terminar el recorrido. Con la vista nuevamente en el camino, un cartel me recordó que siempre habrá más parajes para explorar y conocer.dscn3876-2

En un momento empecé a divisar una línea verde y oscura que, calculé, debía ser el monte ribereño del Arerunguá. Afortunadamente, alcancé en la ruta a un señor que manejaba un tractor. Luego de saludarnos cortesmente, le pregunté qué camino me llevaba al paraje al cual me dirigía. –Pero, ¿usted va al Paso del Potrero o al Paso de las Piedras?. Me descolocó; no lo sabía. Aunque del desvío a éste último ya me había pasado más de 30km decidí volver atrás, para probar suerte allí primero.  Casi donde el camino parte desde la 31, me encontré a otro caballero, sentado sobre sus bolsos, con una bicicleta parada al lado. – El Paso de las Piedras es para allá abajo. Yo soy de Artigas, pero conozco bien porque ando bastante por acá trabajando, dijo con el marcado acento fronterizo de su ciudad. + Pero muchas gracias amigo. – A la orden.     Aunque la gente local expresa las distancias en leguas, las letras anunciaban que estaba a 16km, y el camino era de piedras grandes y sueltas. A 30 km/h, me tomó algo más de media llegar al viejo puente, donde el letrero simplifica el asunto poniendo nada más que:20160921_175847-2

La primera persona que encontré, en el pueblito de tres cuadras por otras tres, fue a un veterano de barba y sin camisa al que le pregunté si estaba bien que acampara en el arroyo o si alguien se lo podía tomar a mal. – Pase esa tranquerita que está abierta y acampe donde quiera. Si alguien le pregunta, digalé que yo lo autoricé. Si le gusta, más adelante hay un pesquero, donde a veces sacan dorados. Dicen, no sé, pero tariras y bagres, seguro hay.     Campamento armado en un claro entre los mataojos, y mate pronto con el agua del arroyo, me dispuse a comer mis provisiones para ese día. Sobre la carpa volaba un murciélago, que me pareció gordo y bayo, atravesando, una y otra vez, la nube de mosquitos. Una gallineta o Ipacaá me miraba con una tranquilidad sorprendente, a pocos metros.

A las 6am ya estaba despierto. Desde adentro de la carpa sentía el graznido inconfundible de un martín pescador. Apenas abrí el cierre, lo vi pasar volando rasante sobre la superficie del agua. Era verde, de los medianos. Me metí al arroyo, hasta la rodilla y vi que pescaba, zambulliéndose desde la rama de un sauce criollo. No es por que sí, que en inglés lo llamen Kingfisher. Más tarde en la caminata, me encontré también, con un casal de los grandes, que son azules, posados en el cable que lleva energía eléctrica a las casas del pueblo. Sobre el mismo, a pocos metros, se agrupaban algunas golondrinas pardas, limpiando su plumaje. Desde esa primera mañana, me percaté de la abundancia de vida que podía llegar a observar, si prestaba un poco de atención.

Sietevestidos

Como a las 9, ya tenía hambre y volví a cocinar algo. Entonces recibí la visita de un gaucho de a caballo que me había visto caminar por el campo y venía a conversar conmigo. Me contó varias cosas y respondió con gusto a mis preguntas. Me indicó que era interesante caminar hasta la horqueta, como ellos dicen, que forman el Guayabos con el Arerunguá. Eso fue una muy buena idea, porque durante el paseo, recorrí un monte conservado, con trepadoras y epífitas, mariposas, huellas de diversos mamíferos y aves relativamente fáciles de observar.

Al llegar, en el borde del monte, otra bandada de ñandúes se alimentaba entre el pasto alto. Pero aún, de venados, nada. nandues-grupo-1De noche sentí, claramente, a los jabalíes en la orilla de enfrente. También a los lobitos de río sumergirse y salir, varias veces. Y en caminatas pasé los siguientes dos días, hasta que me animé a preguntar si alguien me podría facilitar un caballo manso, para recorrer un poco más lejos. La gente local es muy amable y me dijeron que sí, desde el primer momento. Quedé con el hombre que me había visitado para salir juntos al día siguiente. Me desperté más temprano aún. A las 5am tenía los ojos abiertos. Esperé dando unas vueltas cortas entre los variadísimos cantos y como no aparecía nadie y no quería ir al pueblo a insistir, para no molestar, salí caminando hacia el cerrito donde estuvo la casa de Irineo Leguisamo, famoso jockey del qué la escuelita del pueblo lleva el nombre, y donde hay unos paraísos viejos, como única presencia de flora exótica.  Las urracas acompañaban mi caminar.dscn4068-2 Un par de km más adelante, en otra isla de monte, pude fotografiar al carpintero bataraz chico, al que escuché golpetear la madera desde lejos. Era una pareja y uno picoteaba fuerte sobre un tembetarí. carpintero-bataraz

Cuando salí del monte y ya casi dispuesto a regresar para levantar campamento, entre unas chircas (o chilcas), vi lo que en un primer momento me parecieron ramas secas, pero fijé un poco más la vista y me dio la sensación de que eran astas. –Ya estoy imaginando cualquier cosa, pensé. Pero no era así. Las astas se alzaron y, con claridad, un venado macho que también me miraba, apareció ante mí. Detrás de él, se paró una hembra y luego otra más. Los tres me observaban fijamente pero no huían. Entonces, me senté en el pasto para que no se fueran a espantar. Lejos de eso, empezaron a caminar en mi dirección, hasta situarse a unos 20m. El macho profirió un sonido, como un soplido o estornudo, que fue respondido por otro similar desde más lejos. Desde la ladera contigua, me miraban otros siete venados, entre machos y hembras. Los tres que estaban conmigo, empezaron a caminar en círculos rodeándome y manteniendo la misma distancia durante unos cuantos minutos, que no puedo precisar porque estaba muy emocionado. Sus miradas me producían una sensación muy especial y muchas imágenes de mi vida me pasaban por la cabeza lentamente. En un momento, dejaron de caminar y empezaron a pastar y rascarse, como si yo no estuviera ahí. Así fue por una hora. Luego lo comprobé con el reloj. Pasado ese tiempo, como si tuvieran otro compromiso que atender, lentamente se fueron, bajando el cerro y se perdieron en el pastizal.


Volví silbando, para la carpa. Siempre ando en silencio, tratando de pasar desapercibido, aunque sepa que muchos ojos me ven, pero esta vez, no lo podía evitar. Me sentía amigo de los venados y más integrado al universo. Estos cérvidos, de los que se calcula que quedan entre 1500 y 2500, son los supervivientes de una subespecie endémica del oeste del Uruguay, Ozotoceros bezoarticus arerunguaensis, de la cual hasta hace unos 150 años, había, literalmente, millones pastando en su área de distribución. La caza, sin ningún control, principalmente con el fin de vender cueros en Europa, los diezmó al punto en que se encuentran en la actualidad. Si éstos han sobrevivido, se debe a que los locales los respetan y nadie los molesta más. La gente está muy atenta a protegerlos en la zona. En el Uruguay tienen categoría de monumento natural, pero no existe ningún área protegida, hasta ahora, que los contenga. Dispararles con la cámara fue un privilegio, hacerlo con un arma sería una aberración, propia de personas muy desgraciadas.

Cuando llegaba junto a mis cosas, me salió al cruce el hombre que me había visitado la primera mañana y que luego me recibió también en su casa. Me dijo que su hermano me había venido a buscar más temprano pero que yo ya no estaba. – Si quiere, podemos salir a caballo todavía. ¡Claro que quería!. Lo acompañe a pie hasta el pueblo, donde un gaucho veterano, nacido en Paso Cementerio, me ensilló una yegua lobuna, mansísima y voluntariosa, con un recado precioso, y un pelego negro. Salimos, como hacia Guayabos y anduvimos unas 4 horas, en las que cruzamos la cañada Brava y subimos al cerro Pelado, desde donde se ve el arroyo y su monte con una vista privilegiada. Mientras conversábamos, las becasinas, llamadas domadores en la zona, se lanzaban en picada emitiendo ese sonido característico que producen con las plumas. Se escuchaba el canto de las seriemas y el silbido de martinetas y perdices. Mi compañero me contaba de cuando empezó como peón de estancia a los 7 años y de como, de muchacho, viajo a Tierra del Fuego, junto con otros, a la zafra de la esquila, entre otras hazañas en su haber. Quedé sorprendido cuando me relató que, hasta hace unos 30 años, los avestruces eran cazados con boleadoras, en la época en que la pluma aún tenía valor. Quizás el plumero de mi abuela, en los años 80, estuviera conformado por las plumas de Arerunguá.  Me tocó ir abriendo y cerrando tranqueras de alambrados que cercan miles de hectáreas, en una de las regiones con menor densidad demográfica del país, mientras mi amigo, con más ojo que un gavilán seguía identificando flora y fauna, en una cátedra de conocimiento gaucho .

De vuelta en el pueblito y una vez desmontado de la yegua, me dijo; – Ahora haga un video de como bajo y desensillo, para que se lo muestre a alguno que se sienta aburrido o deprimido y sepa cómo hago yo. Casi nunca enfoco personas con mi cámara, pero en el caso de mi amigo don Abel “Loco” Alves, creo que las imágenes pueden ser tan motivadoras como las de los venados. Para mí, se trata de un héroe legítimo, por su voluntad, solidaridad y por el coraje de demuestra.

Alves se quebró la columna domando. Le dijeron que nunca más iba a caminar. Con el apoyo de su hermano, de los vecinos que lo estiman y de su caballo moro, cada vez recupera mas autonomía. Quedé muy agradecido con él por la conversación, por la recorrida y por la lección. Mientras filmaba esos segundos, con las ultimas rayitas de bateria y deseando que la cámara no se apagara, me acordé de algunos perdedores crónicos de la vida, que no ganan al solitario por hacerse trampa a sí mismos y pasan años hablando de que se van a morir de tal o cual afección, que cultivan la envidia y la vanidad, que responsabilizan a terceros de sus propias carencias y que, cuando todo ese arsenal de miseria no surte efecto conmovedor, recurren al sarcasmo y tratan con ironía a las personas y conceptos que ni siquiera entienden. Quizás, para ellos sirva el mensaje de mi amigo, aunque contarle los colores al arco iris sin dignarse a abrir los ojos sea, al menos, poco probable.

Eran las 7pm cuando por fin me senté afuera de la carpa con el mate. Encima volaba el murciélago que me acompaño cada noche. –Éste si que fue un día increible… , me dije mientras que en mi mente aparecían los ojos oscuros y sensibles, que ven detalles sutiles, de mi querida compañera, ahora a más de 500km. Sentí muchas ganas de compartir todo lo vivido con ella y de ser agradecido porque, una vez más, me hallé muy afortunado. Descansé como un campeón mundial y temprano salí hacía la 31 para continuar hacia Salto. En una curva del camino, a lo lejos, volví a ver a los venados que pastaban entreverados con ñandues. En los potreros de Arerunguá, la libertad es un concepto salvaje y el respeto es la norma de los que perduran.

7 comentarios en “Potreros de Arerunguá

  1. Es tan bien relatado ..qué parece que te viera entre los venados..
    Y qué ejemplo el compañero..
    Gracias por compartir tus vivencias.

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