Sierras del Yerbal + Tupambaé

La Quebrada es lo más grande que hay!, convenimos con el encargado de la Ancap de Tupambaé, siempre dispuesto a conversar cuando paro. Y es que sin duda me siento muy bien acampando allá.   Nunca fui en temporada alta, incluso esta última vez era el único campista durante los días que me quedé. Desde temprano estaba tomando mate, con la cámara a mano, rodeado de aves mansas de varias especies, algunas difíciles y otras imposibles de ver en el sur del país, por estar fuera de su distribución o porque están localmente extintas o mermadas. Además habitan varios mamíferos autóctonos. De hecho uno de los guardaparques me comentó que pocos días atrás andaba un tamanduá cerca de la recepción, donde está la oficina.  Los muchachos que están a cargo, los que conozco, son una gente muy buena y dispuesta. Baqueanos, nativos de la zona, lo que es mejor aún.   Se puede llegar al área protegida por la ruta 8 al norte de Treinta y Tres (o hacia el sur desde Melo) y tomar el camino en la entrada a la altura del arroyo El Convoy.   También por la ruta 7, y entrar al norte de Tupambaé en la ruta 98 con dirección a Isla Patrulla.  Poco antes de avanzar 10km por la misma, se abre a mano izquierda el camino que lleva a la Quebrada.  Es caminería rural por lo que no cabe esperar una autopista, pero si uno vino por la 7, ya estará curado de pozos. Sinceramente prefiero que siga así. Los lugares que se conservan menos antropizados son los que tienen peores accesos. Para moto o bici es magnífico!. Hay una elevación que se conoce localmente como cerro colorado (no confundir con la localidad Alejandro Gallinal que es otro lugar), desde donde hay unas vistas hermosas.   Una vez en el puente sobre el Yerbal Chico (donde vale la pena bajar al arroyo y ver los arboles nativos cubiertos de epífitas y trepadoras),  ya sólo quedan 4km para llegar.

La siguiente galería es un resumen de las imágenes que tomé en la zona en julio 2016, haciendo ese recorrido .

Cada pequeño curso de agua que nace en estas sierras fluye hacia uno mayor, alimentando  al Yerbal, que se encuentra con el Olimar donde está ubicada la ciudad de Treinta y Tres, para seguir su viaje hacia el Cebollatí que desagua en la Laguna Merín, formando parte de una cuenca aún mayor.  Además durante todo el trayecto, salvo en tiempos de seca, se pueden ver espejos de agua de diferentes tamaños, esparcidos por toda el área, donde es muy fácil observar patos, garzas, cigüeñas, chajás con sus nidos flotantes, bandurrias, jacanas, tero real y variados pájaros, entre otras aves. Con la ayuda de una buena guía es posible identificar decenas de especies en un solo día. Los binoculares bien justifican su peso extra en la mochila. En cuanto a la vegetación, abundan los pajonales junto con árboles y arbustos del monte serrano. Ya contra los arroyos, el monte de quebrada te deja mudo por su diversidad y esa sensación de la vida abriéndose camino entre más vida. Destacan las pindó, abundantes, con los troncos cubiertos de líquenes, musgos, helechos y los árboles de madera dura que han sobrevivido a la feroz tala que diezmó los montes del Uruguay en los últimos siglos.  El microclima es significativamente diferente dentro de la Quebrada. No sólo se percibe al ver la vegetación, sino que la propia piel, lo evidencia enseguida.  La zona es visitada por investigadores de varias disciplinas y aun así esconde secretos antiguos.DSCN0945 (2)

A que se enfrentan las Sierras del Yerbal y la biodiversidad en general:

Estos paisajes, y algunos biomas que contienen, existen desde tiempos remotos.  Hay quienes argumentan que se modificaron poco desde que Sudamérica se separó de las otras masas de tierra con las que conformaba Gondwana. Es cuestión de intentar pensar hacia atrás en el tiempo, para poder proyectar hacia adelante. En  1904, en el cerro Tupambaé sucedió la famosa batalla que lleva el nombre de la localidad, pero antes fue habitada por otros pueblos que dejaron las armas, utensilios y huesos que aún se encuentran en su ladera y que se guardan en algunas colecciones. Mucho antes, y quiero decir hace 10mil años o más, la megafauna del pleistoceno  desarrollaba sus actividades vitales en las mismas tierras, por las que anduve paseando.   Algunas fotos, y pienso principalmente en la de la Seriema, podrían haberse tomado hace un millón de años y serían similares si obviamos la bosta del ganado.  Hoy, la introducción de especies exóticas, animales (jabalíes y cabras son abundantes) y vegetales, amenazan seriamente la sustentabilidad de estos sistemas.  La forestación con eucalíptus avanza en la serranía con la misma virulencia que vimos multiplicarse las chacras sembradas de soja en las tierras fértiles y profundas del litoral oeste y del sur del país en las últimas dos décadas.  Ese modo extractivista de operar determina el deterioro, quizás irrecuperable, de los suelos, de la calidad el agua y redunda en todas las especies vivas, incluyéndonos, biológica y culturalmente. Diversificar es un mecanismo de supervivencia que la naturaleza emplea. El monocultivo es lo contrario. Si el lector aún cree lo que ve en televisión, como desintoxicación puede ser útil salir a recorrer y probar lo que se siente en las sierras y, tal vez, ya no le parezca tan coherente que, políticos y empresarios, cambien el suelo y el agua que pueden compartir sus hijos, y los hijos de sus hijos, por un beneficio virtual de corto plazo, sociedad de consumo y desertificación.

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